AbrilPhillips

AbrilPhillips 10 de Octubre de 2017

l'escuma de la independència

Barcelona tiene latidos eclécticos, casi indescifrables. ¿A dónde fue todo ese ruido?, ¿por qué no consigo escucharlo? Tal vez sea la marea rabiosa de turistas acallando el rumor que en verdad se esconde entre las calles. O tal vez esos rumores sólo se pronuncien en catalán, volviéndose imperceptibles para quien no los porta. Todavía cuelgan banderas de las fachadas, tal vez a modo de anuncio, o tal vez sólo en forma de secuela.

Hay algo que parece ineludible cuando la gente desborda las calles. Esa sensación de inminencia. De que las cosas ya no podrán volver a acomodarse en el mismo lugar. Ese algo tiene que pasar. Sin saber bien qué. Pero algo. Y entonces baja la espuma. Al día siguiente, la gente vuelve a su casa, a su trabajo, a su universidad, a comprar verduras, a tomarse una cerveza con amigos. A transitar la calle, pero ya sin banderas. ¿Y entonces?

La incertidumbre se traduce en escepticismo. Aquello que aquel martes parecía un mandato ahora se muestra diluido. Y las respuestas que uno puede recoger en la calle conspiran para aumentar el suspenso. Ni nosotros sabemos qué es lo que va a pasar. Un discurso real viaja desde Madrid para multiplicar las especulaciones. ¿Pacto fiscal? ¿Independencia? ¿Artículo 155? ¿Estado de excepción?

Una sola certeza que se multiplica en muchas voces: crisis política y fractura social. El enunciado se cuela en el cuerpo en forma de escalofrío, la memoria le indica que aquello alberga violencia. 


Hoy, dos mensajes:

Parece que a las 18 Puigdemont declara independencia unilateralmente.

La gente se concentra a las 17 en el Parlament.


Finalmente fue más tarde, dándome tiempo a llegar corriendo después de clase. Los caminos que conducen al Parlament estaban cercados por vallas y uniformados. Una estela de cuerpos acomodados detrás de un escenario que proyectaba, desde el Arc de Triomf, el discurso aletargado.

Me dijeron que tuviera paciencia, que se me iría ablandando el oído, que acabaría por entenderlo. Lo cierto es que pude sospechar, recuperar fragmentos. Pero hay dos palabras que suenan muy parecido al castellano, como para ahorrarse ambivalencias: independència y traïdor. La primera apareció en forma de clamor, de puños y banderas en alza. De pronto, el silencio. Y una explicación que resonaba desde los parlantes en lo que, para mí, fue un paréntesis indescifrable. Caras en pausa. Y luego la segunda, en gritos de bocas que replicaban su frustración. Silbidos. Cabezas mirando hacia el piso. Confusión.

Busqué traductores. Que se había declarado la independencia, me decían. Pero que, por recomendación de otros líderes europeos, la pondrían en pausa para propiciar un diálogo que permitiera una independización consensuada con España. La pausa es duda. Pienso que puede que todo sea espuma. Pero también, que mientras el fuego sigue quemando, y la tapa presiona hacia abajo el calor que se envalentona en la olla, la espuma termina por hacer hervir el agua hasta llevarla a desbordar.


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